Patricia Valley

Ruido Blanco

Detenidos en una gloria solitaria

admitiendo el aire de su refugio,

como arrancando el oxígeno,

perdido en la matriz de nuestros náufragos.

 

Se hunde el ocaso entre las colinas

y reposa en el suelo, y se manifiesta en ruinas

la historia de los incapaces

esparcida en la tierra

y derramadas de sus batallas las semillas

 

El consuelo que anida en la parte más alta de esta tarde

arrasa despacio y fuerte,

en medio de esta tormenta humana.

Y hacemos reverencia a la sutileza

con que el tiempo balancea los segundos presentes

aquí lejos de la urbe

 

Y bajo el grito sordo que anuncia el estallido del cielo

nos estremecemos en esta liturgia

ávidos de la extensión y sus colores

que con franqueza dictan un mañana y su irregular belleza

y se apoderan del hastío

como milagro o costumbre

Lo elemental

Mientras existamos
en el lugar más gélido o soleado
mientras tengamos escalofríos que nos recorran la espalda
y soportemos en ella la mochila, su carga y su gloria.
Estamos aquí pero no sabemos hasta cuándo.

Mientras les tengamos a todos
los que luego se volverán imprescindibles.
Mientras tengamos la dicha de darnos cuenta aunque tarde.
Mientras nos pensemos
no habrá distancia
sino entrellas en el cielo.

Mientras haya tiempo que perder
y no nos perdamos con el tiempo.
Mientras haya tiempo que perder
encontrarnos las manos y apretarlas.
Mientras haya luz
estamos vivos
en la verdad y en el olvido.

Mientras tengamos la dicha de darnos cuenta aunque tarde
de que estamos aquí,
pero no sabemos hasta cuándo.

Bruma

Estaban todas aquellas personas, que eran todas las personas del mundo, de mi mundo, del poco que no desconozco.
Como una bruma helada a la orilla del agua inerte y estancada, esperando el cortijo de la luna para meterse en sus cráteres y beber de ella toda su sed.

Con los pies embarrados y las manos cerradas por la tensión propia e individual.
Sin querer saber demasiado del barro ajeno pero llevándoselo a la boca y limpiándose el deseo. Ensuciaban y limpiaban con la impericia de un necio.
Estaban ahí y no había cambio ni marea.
Estaban donde se dejan las cosas que uno no quiere, a un lado de la vida y la vida al otro lado del puente que ardía por encima de sus glorias más bajas.

Recorría purpúreo un éxtasis de melancolía que apretaba en la nuca con toda su gravedad y dejaba al aire el júbilo del fin de la represión .
Y todo aquello, visto desde afuera, se rociaba de niebla y espesor, en el estado hierático de la visión más sesgada del odio.
Cumplía con todas mis obligaciones y una de ellas era estar limpia.
Llenaba los pulmones con aire no compartido y la violencia del suspiro era como un náufrago, que en trance, se volcaba hacia el mar.
Pecaban por ingenio u ocio
pero pecaban.
Y cobraba todo, el aspecto putrefacto de un sonido animal y pasajero.

Cuánto echo de menos tus historias de parpadeos destellantes y tus indiferencias comunes.
Un periplo histórico reconvertido en la mordaz causa humana.
Como el intento de dar un golpe en seco encima de una mesa de arena
… y el viento llegará pronto.

Suscitar un declive mayor, cuanto más arduos eran los hallazgos de la razón interna de todo aquello.
Se desprendía un llanto calmado e impreciso ante aquella visión y la noche halagaba mansa y entera cada pestañeo de asombro.
De repente, helada y entumecida, una mano me agarra por detrás del cuello.
Me pregunta muchas cosas.
No sé responder a ninguna.

Se desprendía un llanto calmado e impreciso ante aquella visión y la noche halagaba mansa y entera cada pestañeo de asombro.
…y viento llegará pronto.
Y barrerá todo esto porque no tiene consistencia. Nadie conoce al otro, es un mudo adormecer, es todo lo que necesitan.

¿Y tú no necesitas nada?
Necesito que te gires, cierres los ojos y camines de vuelta casa.
¿Sabré llegar?
Cuánto echaba de menos tus historias de parpadeos destellantes y tus indiferencias comunes.

Un día empecé a caminar sola. Al principio podía oír cómo me gritaban, luego me alejé tanto… no sé cuánto llevo aquí.
¿Ha pasado mucho tiempo?
Una eternidad
Para mi fue ayer

¿Me ha echado alguien de menos?

… y el silencio

¿Nadie más les viene a ver?
Has llegado muy lejos
He estado caminando una eternidad, una eternidad. Quiero volver a casa. El puente se ha quemado
No hay ningún puente. No son dos mundos. Uno está dentro del otro. Te quisiste deshacer de uno y quedarte aquí para toda la vida.
¿Y si no hay puente? ¿Y si este espacio es el mismo?.
Cómo vuelvo, dime cómo vuelvo.

Necesito que te gires, cierres los ojos y camines de vuelta a casa.
Te he dicho mil veces que no me gustan los acertijos. Te lo he dicho mil veces
… y el silencio

No te vayas. no te puedes ir. No puedes dejarme aquí. Estoy sola y hacen mucho ruido. Y si te vas no voy a poder oírte, sabes que no voy a poder oírte. No se lo voy a poder explicar a nadie.
Y yo quiero estar limpia, ¿me oyes?, limpia.

Blanco. luz

Hola. – sonriente -,
estamos dentro de ti hace 15 años
¿cómo te sientes?

Como si quisiera quedarme aquí para siempre.

Tormenta a lo lejos.

¿Te ves?

Te veo

¿Cuánto tiempo nos quedaremos aquí?

Una eternidad

Te he dicho mil veces que no me gustan los acertijos.

El puente se ha quemado.

Se desprendía un llanto calmado e impreciso ante aquella visión y la noche halagaba mansa y entera cada pestañeo de asombro.

Duerme o Hierve, Miscelánea

Tenía dentro de los dedos, a todo el Ballet de Viena

y la música se le posaba en los labios cada vez que se los lamía.

Era una condena tan bella observar su cuerpo, que conseguía el mío ocupar una posición honorable en el mundo,

su vientre.

Y existir se volvía un término excesivo, cuando mirabas sus ojos. Que en el sustrato de sus pupilas, brillaba la gracia ciega del mundo

como el frenesí de un sopor tardío y cálido.

Y desaparecían el futuro  y el fracaso con el éxito de su presencia, la que me agarraba, ahora y siempre con el arnés de su cintura.

Y se extorsionaba con dureza el tiempo, estallando en mil espuelas

que cabalgaban sobre la eternidad más leve.

Y nos llevaba de punto a punto del caos, desordenando los secretos de nuestras huellas.

Y en la demora hacia el punto infinito, se explicaba aquel consumo doble de aire,

en un hilo de aliento, hasta saciar cada movimiento imposible del ahogo.

Y en estado de disculpa constante por la fortuna neurótica y simple que nos sublevaba al vacío; se aplacaba y se extingue

el rumor transitado

el anhelo imposible

el sofoco precario

Que no lastima ni quema, mi voluntad expuesta a este manicomio vacío de todos

si está adulado por silencios

y en unidad como milagro o castigo.

” … porque todo cuando tiene importancia, es contradictorio por naturaleza. ” Henry Miller

El aire brilla

Lo vi y estaba sentado en un banco, era nuevo en todo aquello, supongo que ese momento llega y haces las cosas que viste hacer a otros antes, por no llevar la contraria, por no quitarte más energías.
Pero él no daba de comer a las palomas. No todos los hombres que llegan a una edad se van ahí a sentarse, mirando hacia al suelo, para ver cómo les vuelven a quitar el pan de las manos.

Había un impulso más allá de querer encontrar un cobijo en aquel escenario, más allá de querer acceder a todas esas palabras protectoras, sino de querer explorar la vida tan minuciosamente que podría encontrarle las grietas al alma y su recorrido.
Y cómo un horizonte con mil relieves le aplacaba el vértice de la primera ola y se entregaba a la vida, y se le extinguía la edad, y se le paraba la muerte, y le dibujaba un sendero nuevo y sin grietas para no entorpecer su reencuentro. Que ninguno de los dos llegase sofocado al final.

Había un universo tan denso en sus ojos que se podía leer su presidio y la quietud de su rostro bendecía a la libertad en un acto divino de admirar, quieto, todo el entramado de errores de aquellos que aún les quedaba algo de vida.
Si ese hombre pudiera haberse liberado del estigma de su bondad absoluta, habría encontrado su hueco en la tierra y, si se hubiera deshecho de todo eso, aún así, no habría perdido su lugar en el cielo.
Allí se perdona todo, es aquí abajo donde se fraguan las venganzas y se malvive para proteger un cielo en pos de una morada sin gravedad ni gloria.
“La muerte espanta e impone su ética” no siempre querido Jean, no a todos.

Mettray, flottant dans la gorge et l´estomac

Hacía frío desde donde yo le leía.

Hacía frío desde mí y hacia mí porque nunca había otra dirección.

Desprendía una luz trémula y azul que alteraba el comportamiento de mi peso hasta la algarabía. Y su complejidad era absuelta por el peso de su aura.

Desde mí y hacia mí.

A veces, era una levedad que dolía – su forma de contemplar el mundo -, como si nada en él gravitase; y sin embargo, ese vértigo que no se sostenía ante la lógica; ese cerebro muerto para imaginar atardeceres; y lleno de vida para aceptar las heridas que le ocasionaba su esperanza infinita.

Había reservado sus cuidados para la perfección extrema, y de la perfección sólo encontró el silencio y de lo extremo la soledad.

En las cuencas de sus manos cabían más historias que los surcos que profesaban cada final apretando el puño.

Había tanta verdad ahí dentro que sólo era visible en una totalidad constreñida y alejada para explicar que cada milímetro y cada poro, era una religión en sí misma.

Y ahí donde su piel finita y caduca, tomaba las cualidades de una divinidad, era donde estallaba el conflicto.

Desde él y hacia él.

Una humanidad desmedida, hecha trizas por el paso del tiempo – con el que se reconcilió el día que aceptó su condición de polvo mojado-; y en medio de ese barrizal que era mugriento, disfrutó por primera vez de esa huida inercial con las pisadas sordas de una fuga tan rápida y tan fuerte que le hizo despegar sin quererlo.

Y así, vio por primera vez y desde arriba, todo aquel mar de barro que tanto tiempo le había llevado dejar sin olas.

Ahora que todo estaba calmado, vio aquel horizonte virginal y nuevo y lo confundió con su salida.

Lo persiguió eternamente.

Sufragio Universal Artístico – Democratización de lo Sensible

El otro día hablando con una persona que sabe más que yo de todo excepto de mi misma, le contaba que no podía escribir la mayor parte del tiempo, que me crea una ansiedad atroz ponerme a hacer todo lo que me gusta. Y que son muchas cosas las que me gustan.

Y me dijo que las cosas que me gustaban son parte de mi y no hay que tener miedo de uno mismo, ni mucho menos tener miedo de hasta dónde uno puede llegar. Pero estas frases siempre me suenan a todas las páginas de un libro de autoayuda. Y cómo puede un libro ser bueno, si se ha escrito después de haber pasado lo peor.

En el fondo todo el mundo que sabe que puede llegar a hacer algo y no lo hace, es esa parte del mundo que se sumerge en la idea de que el mundo es un lugar al que han venido a parar y del cuál no entienden nada.

Si todas las personas a las que yo he mirado atentamente en la calle, en el metro, en la terraza de algún café, me hubiesen devuelto la mirada tampoco lo habrían entendido. Yo no estoy en ellos como un punto fijo perdido de una distracción cualquiera. Mi gozo son ellos, sus historias y adivinar lo que está por venir. Si acierto, agacho la cabeza y me sonrío, si no, sigo mirando.

Pero yo hablaba de las otras personas, que no son a las que observo, porque si no, no habría reparado en ellas el ocio de mis pupilas. Todo lo que se produce entre iguales es pocas veces fortuito, como que vagasen las cosas y se repelieran entre ellas, como estar flotando e invisible, como que nadie supiera realmente de ti y tú no quisieras saber más del resto. Como no existir y no saber si el hacerlo peligraría tu condición, que la amas y la odias. Y nosotros entre nosotros nos chocamos y es como el aire que choca contra aire y no te das cuenta.

Esas personas que tienen la sensación cuando se levantan por las mañanas de que la cigüeña que aparece en las historias de los niños, cogió la bolsita en la que iban metidos y en vez de posarla en los tejados de las casas lentamente, le dio tres vueltas de campana, y la lanzó a su suerte. Y ya la primera hostia dolía, el nacer duele. Entonces no entiendes, no entiendes muy bien el qué ni el para qué ni el por qué del mundo.

Yo ya no sé qué hacer con todo esto, llevo toda mi vida gestionando mejor el qué hacer con todo lo que me ayude a no recordar que todo eso es lo que me hace ser sólo una cosa. Y así ha sido. Olvídate, sé feliz, vete de vacaciones, haz deporte, sal con tus amigos. Y en todos esos marcos es como que escuchase mucho ruido, y todo el mundo fuese a cámara rápida menos yo. Y al final termino haciendo lo de siempre, les miro, me perdono, les juzgo.

Creo que hay tanta gente que se da por vencida… porque agota ver que no vas a conseguir nunca ser como ellos, de felices digo. Y que tus picos de felicidad conllevan el esfuerzo de superar la autocrítica; de estar por encima de lo que para ti es la perfección. Y que no te digan que es falta de voluntad, que la montaña cuesta subirla sí, pero el acantilado tiene precipicio. Que luego lees cosas de otros, las escuchas, las intentas sentir de algún modo cercanas y te pones enfermo porque piensas, yo querría; yo desearía pensar que esa mierda está bien hecha porque si lo pensara , no abandonaría. Lo compartiría y sería siempre y todo digno de mostrar, sentir su acogida rápida y feroz – porque son tantos – y me retroalimentaría quizás.

Ellos se tienen que esforzar para hacer todo lo que hacen, porque hacen muchas cosas, producen rápido y esté como esté. Suelen ser bastante más constantes en cualquier aspecto. El tema es que el esfuerzo lo enfocan a eso, a la constancia, a la rutina, a hacerlo y punto sin opinar. Pero a quién le impone un juicio donde la sentencia siempre es favor de uno. A quién le asusta el golpe del martillo si es para dictaminar el inicio de una fiesta. A quién le asusta un juicio que es un desfile de confeti que quiere ser poesía. Eso sí, me parece un tremendo esfuerzo cualquier tarea rutinaria, es más me entra una ansiedad de comer salmón, por ejemplo, y ahora mismo que somatizo. Pero el esfuerzo al igual que el juicio no impone tanto si siempre, o casi siempre, encuentran algo en el resultado que les impresiona, y no he dicho gustar, he dicho impresionar, que son cosas bien distintas. Entonces, así, es todo bastante más fácil.

A mi este texto no me impresiona una mierda. No podría ser ni una crítica, ni una valoración sobre mi perspectiva, no podría ser otra cosa que una mierda, no es NADA, pero tengo que hacer algo, tengo que alimentar que escribo y de vez en cuando hacerlo sin pensar demasiado en ello, porque cada vez que intento hacer algo tiene que ser tan perfecto para que me impresione que si no, no lo hago. Porque visualizas las noches que te cuesta en vela, la flagelación, visualizas la ansiedad del enfermizo retoque y aún así, saber que si hubieses parado en el segundo intento de la lucha entre significante y significado no habría diferenciación alguna. Al final, quieres ser aire y aire. Aire que no huela a nade, aire que no busque su perfume, y chocarte y no darte cuenta y vagar hasta el culo de cualquier cosa que te haga no pensar demasiado en por qué otro puto día más has hecho lo mismo que toda esa gente, pensando que no puedes ser ninguna de las dos partes. Y agota. No lo vais a entender. Pero agota.