La muerte del Sentier

by Patricia Valley

Es como la letra pequeña de ser humano la reconciliación innata constante con uno mismo, el perdón cada mañana por los deslices cometidos la noche anterior.

Por desgracia, para algunos es demasiado fácil encontrar cosas que le inspiren. La excusa.  De hacer crítica de sus tareas pendientes. La virtud.  Y apología de las que ya están hechas como un trabajo demasiado cuidado. El fallo, que no es sino otra cosa que dejarse llevar por las agonías caducas, diarias, vacías de sentido del rebaño del que, a veces, sientes poder ser pastor. Y siempre te reduces a lana mojada. Y eso pesa, pesa mucho.

La noche estaba transcurriendo bien: la calefacción tiraba como nunca y el café a sorbos se deslizaba como siempre. Había calor, un ambiente propicio para no querer salir de la cama. Fuera hacía frío y el teléfono parecía ajeno a llamadas que pudieran interrumpir la tormenta de placeres mundanos, los truenos de su cabeza que eran rayos luz, de la luz de la verdad que, para mentiras, ya estaba el amor.

-Hay que ver cómo internet ha revolucionado el mundo- . Hace años habría estado haciendo algo de interactuación con el resto de las ovejas un sábado por la noche, un feed back presencial y físico pero

– ¿para qué moverse?, todo el mundo cuenta sus días, sus idas que están de vuelta en la vida a través del teclado. Un consejo barato e intro- .  Ahí has dado con la clave de ser partícipe de la nueva generación H. Dejarse ver sin hacer ruido.

Rizar el rizo: venderte por varios “like” bien domesticados e “intro” de nuevo. Todas las noches eran para pensar en lo absurdo; en por qué no hacer un “refresh” o un “escape” pero cuando los 0 y los 1 pasan a tener importancia fuera de la cuenta bancaria el problema es grave y ha echado raíces que llegan al núcleo a donde todo va a parar: la necesidad del reconocimiento, el gusto del picor que te deja la palmadita en la espalda.

¿Masoquismo o revelación divina? Darwin nunca podrá contestar a eso o se habría matado antes.

Advertisements