Tonterías del Estado. El Premio gordo

by Patricia Valley

¿Cómo puedes llamarle por teléfono tantas veces? No, de verdad Sonia, tienes que empezar a ser más independiente. Siempre terminas con hombres con los que pasas casi todo tu tiempo libre.

– No creo que debas enfadarte por lo que te digo

– Lo pienso de verdad pero …

– Cierto, no volveré a decirte nada

– Bien, hablamos mañana

– Hasta luego.

Y así estaba ella todo el día.  Llamando, controlando, supervisando, comprobando, asegurándose de que todo, absolutamente todo seguía el curso nada lógico de su lógica. Claro que Sonia era así desde pequeña, alguien que necesitaba de forma constante muestras de atención y afecto. Yo no las necesitaba, bueno no tanto, aunque sí lo había experimentado alguna vez y sucede sobre todo, cuando tienes buen sexo con alguien y entonces, lo orgánico empieza a ocupar un plano más transcendental y es cuando la mierda llena los sentimientos y desdibuja las líneas emocionales. La diarrea siempre salpica, siempre se sale de los límites. y al final te seca, te deshidrata, te anula.

Tenía la sensación de que era inestable.  Era una balanza de aire y plomo algunos días. Era una balanza de plomo y algo más, con suerte, otras noches y fuera lo que fuese le ocupaba día, noche, sueño y vigilia a tiempo completo o parcial de cada estado. Pero allí estaba, como el corazón latiendo, el sol que sale, el rezo por la lotería. No se iba y no sabía cuando se iba a ir de su cabeza.

Se supone que estar entretenido, en este tipo de momentos, es importante para no cagarla, para no decir sandeces, porque los buenos postres resultan de una yuxtaposición de tiempo adecuado, cantidad exacta, buenas herramientas y ah claro: “magia”. Lo último lo puedes comprar en cualquier supermercado, sólo que no funciona con cualquiera… tienes que ir probando; así que a veces, te saldrá un pastel de zanahoria, donde el color, que al principio no prometía, desvela con su sabor el truco final y otras, la gran mayoría, el resultado será  un pastel como las hamburguesas de los anuncios: una gran mentira;  un pastel para las cámaras, para verlo desde el otro lado y envidiarlo toda tu vida y al final, como siempre, tu madre tenía razón:

eso no se come.

Advertisements