“ Una vez establecí que las ideas debes mojarlas para que pesen: sudarlas, escupirlas, llorarlas o simplemente dejar que te follen la mente ”

by Patricia Valley

Hacía tiempo que no me preguntaba si serían cosas mías o es verdad eso de que en algún momento se construyan escaleras mecánicas que lleven al cielo. El esfuerzo en vano es algo que casi temo más que la derrota; que tener que dar la vuelta por lluvia o tempestades. Y bueno, todo el mundo sabe que cuando se habla de esfuerzo en vano lo que se quiere decir en realidad es “ perder el tiempo” de la familia de frases como “ te arrepentirás de no haberlo hecho” o “el tiempo pasa rápido” ; vamos, frases prohibidas para cualquier ser humano un mínimo consciente de que acabará podrido en su tumba   – si es que corre tal suerte-.

Hay varios momentos en tu vida en los que sientes que ciertas situaciones que se dan, deberían apenarte. Una de ellas, es perder a gente. No me refiero a que se pierdan como aquel llavero de tu viaje a Lisboa, no; aún peor, que siguiendo en tu mapa de forma accesible las des por ausentes. Esa es una de las cosas que me encantaría que me encogiese de tristeza y no lo hace.

Supongo que en parte, con los años todos desarrollamos alguna tara, en mi caso particular ahora soy muchas de las cosas que no quería ser pero me conformo con que no se me olvide que sé abrazar. Creo que hasta un témpano de hielo sabe alguna vez cambiar su temperatura.

Uno nunca es consciente de cuánto puede llegar a cambiar a lo largo de su vida y siempre le asusta, sobre todo, cuando no vas a ser bien acogido. Una vez hecho el cambio mirar hacia atrás pocas veces resulta gratificante si no es porque te dejaste algo por el camino dirección a esas escaleras. De hecho, una vez hecho el cambio, aquello que te parecía tan terrible de repente está con el llavero, en Lisboa.

En mi caso particular, temía día y noche por no poder escribir en algún momento de mi vida. No por no poder en cuanto a posibilidades técnicas o artísticas (quien lo tiene siempre puede volver a montar en bici), sino por aquello de haber encontrado algo tan remotamente estúpido que me llenase de incertidumbre sobre si hacerlo merecía la pena. Que al mismo tiempo, me llenase de purpurinas fabulosas que brillasen más que ser inteligente dos veces por semana pero que sin darme cuenta me vaciase de la esencia de ser un cuadro. Y al poco tiempo, habría cumplido los 30, sin la purpurina, sin el aplauso a tempo y sin la miradas ajenas de admiraciones absurdas. Y estaría despojada de ellos y peor aún, de mi misma.

Sí, también varios amigos me recomendaban que escribiera “ más divertido“ pero es que lo gracioso es que yo nunca hablo enserio y siempre vestida y siempre escribo desnuda y nunca miento por escrito. Firmo cada carta de desequilibrada con el mayor placer que jamás nadie pueda advertir en mi cara en una conversación grupal en la que yo me halle (cualquier tipo de plan grupal me vale como ejemplo) . También, me han dicho que debería poner más signos de puntuación pero es que me paso la vida poniendo comas a lo que quiero decir y puntos finales a lo que no debo hacer. Como mucho, acentuaré cada una de las palabras, porque ese es el único fallo que comparto con las acciones de mi alter ego. Acentuar. Es como el color de las cosas: un azul es diferente si es celeste o es añil, lo mismo ocurre si escribes/dices: tú, perra inmunda o tu perra inmunda . En ambos casos me llevaría una cara de desprecio a cambio. No me preocupa. El sentido del humor es como algunos de esos perros, no todo el mundo se lo puede permitir.

Me acuerdo cuando salir a la calle era centro de una inestabilidad emocional sublime. Ahora, decido quedarme en casa. El contacto humano me abruma. ¿Qué es eso de tocarse? ¿quién ha decido que tengamos que estar los unos tan cerca de los otros? ¿o caminar pegados? NO en mayúsculas. Me niego. Me niego cada una de las noches y de las mañanas que despierta el planeta. Por eso se pierde el valor de las cosas… por llevar a cabo acciones en cualquier situación, lugar y con cualquier individuo. Me vuelvo a negar. Me niego en rotundo. No quiero. ¿Se puede gritar por aquí?. No me da la gana pertenecer a esto. Como mucho, dejaré que esto me pertenezca y que yo lo domine, que diga cuándo, dónde y cómo la purpurina esté presente porque el resto del tiempo me encanta estar en bragas, con mi risa de verdad y no esa de intentar parecer sonoramente cabal. A la mierda. ¿Quién ha establecido que uno no se pueda reír a los 23, los 30 o los 40 como si tuviera cinco años?. Me imagino que debe haber sido el mismo cabrón que dijo aquello de “la vida son dos días” lo de “carpe diem “,“la vida me ha hecho así” o el “pasa de todo”. Ese gran conjunto de frases, casualmente, sí permitidas.

Me encantaría ver al artífice de tal obra solo, borracho en su casa, deprimido, hundido mientras observa la gran acogida que ha tenido eso que ni él se creía y estoy convencida de que lloraría, lo haría desconsoladamente y me pediría simplemente que lo abrazase y me quedase a dormir, porque aunque para él fuese a pesar de todo una desconocida, aún sería más real de lo que él pudiera haber atisbado nunca de sí mismo.

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