Arrested For Driving While Blind

by Patricia Valley

Conducíamos como locos en una carretera de un carril y medio y la velocidad era el tercer pasajero del coche que habíamos robado la noche anterior. Divisábamos tierra a tiempo completo y la estampa se aliviaba bajo intervalos de saliva cada treinta segundos. La duda sobre el destino, se derrumbaba por la incertidumbre de si había algo imposible en ese viaje.

Llevabas puesta la misma camiseta desde hacía tres días, y ni siquiera la mezcla de alcohol y sudores de diferentes actividades, había conseguido que no girase la mirada hacia mi derecha – tu izquierda – y con ello entendieras el proceso del por qué de la vida. Una y otra vez, una y otra vez.

Pantalones cortos, unas botas con la suela desgastada y el sujetador… nadie supo de él  después de aquel  concierto del grupo que hacía versiones de ZZ Top.  ¿A quién le importaba? Hacía calor en un país que no era el nuestro y sin embargo, teníamos  el territorio dominado.  Creo que acabo de acordarme. Fue justo cuando estaba encima de tus hombros, cuando decidí lanzar lo que debería haber sido la última prenda del Strip poker musical de aquel viaje o la primera que debería haber olvidado meter en la maleta.

Es cierto, habíamos robado ese coche, pero también habíamos regalado nuestro alma al mejor postor del infierno, para conducir el tequila a nuestra sangre y dejar ésta a  merced de la gravedad, pesando siempre de cintura para abajo.

No podía parar de reírme ni de acelerar ni de cantar.

Llegamos, tiramos las cosas encima de la cama con nosotros por debajo el umbral de la conciencia y buscamos, después de encontrarnos con las pupilas dilatadas, algún lugar donde poder seguir con la camiseta sucia sin sentirnos fuera de lugar.

No sé cuánto tiempo pasó desde el primer chupito hasta que le puse la zancadilla a la realidad y me subí a bailar a esa barra.  Todo era insignificante y por eso, alegre.

Cambiamos la difusión no gestionada de suspiros – el estrés – por la difusión estratégica – el alivio – y me vi arropada por el autoritarismo de mi cuerpo elevado sobre la inseguridad de tus manos agitadas con ganas de abarcarlo todo. Cada asunto de primer orden, estaba ahora en la cola de cosas que mandar a la mierda. Entonces, sólo ahora podríamos decir que todo seguía su curso espurio y natural; justo ahí, cuando todo se volvió insignificante y por eso, alegre.

Cuando por fin nos hallamos fuera de todo peligro de morir ahogados por las historias que no saldrían de botellas vacías y camas deshechas, decidimos seguir conduciendo, y sudando, mientras sintonizábamos los privilegios que otorga una carretera vacía con el sol a nuestras espaldas y nuestras espaldas a 50 grados.

“ Uno debe cabalgar permanentemente a lomos de las historias, esos potros raudos sin los cuales  se arrastraría uno por el polvo como un peón aburrido”

 Milan kundera

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