Estadio estético

by Patricia Valley

He intentado describir todo siempre de forma poética. Desde la locura hasta un sorbo de agua. No sé si llamarlo necesidad o estar incómoda con lo impuesto pero incluso lo decidido lo transformaba en poético. Gracias a Dios hay gente práctica en el mundo. Si todo el mundo tuviera por sino el de bañar de arcoíris las miradas, el mundo estaría regido por gente como yo; la que cree que la electricidad es un beso en la nuca.

Al final, si no sabemos de dónde venimos ni a dónde vamos a parar deberíamos ser todos prácticos y estar en el aquí y el ahora pero yo no puedo, de verdad que no puedo.

Puede que comparta mi espacio con gente que donde ve una mesa no vea la multitud de capacidades del objeto. A mí me gusta pensar que una sábana es una tela y que además puede generar un sinfín de sensaciones: quitar frío, ser suave e impregnarse del olor de alguien. Entonces yo no puedo ver una mesa y no ver que al final de mi vida probablemente haya firmado sobre ella algunos de los momentos más importantes que la conforman, que me haya sostenido la cabeza cuando pensaba que no podía más o haya sido la plataforma que me despegaba del suelo en fiestas que aún recuerdo. Así que no veo madera, ni tornillos, ni barniz, ni pintura; veo euforia, miedo, júbilo, etapas. Y lo mismo me pasa con todo.

Al principio pensaba que no estaba bien ser un adicto a las sensaciones porque no hay metadona para eso. Tienes dos opciones: la droga de una sinestesia perpetua o ser como ellos, práctica, tranquila, dormir a pierna suelta. Más feliz probablemente. Ver forma sin contenido o un contenido bifásico que cree energía buena o mala, sin el gris, sin intervalos, sin florituras ni escalofríos.

Luego de mucho pensarlo sigo sin llegar a decidirme. Si me despojo de mi tara todo lo que pierda será reemplazable, es decir, que siendo práctico si me voy de mi casa, es una casa y encontraré otra. Si decido quedarme conmigo, la casa nueva nunca tendrá esa luz que entre perpendicular y me de justo en la cara cuando me tumbo en el sofá, el café olerá recién hecho desde otro punto o peor aún, me levantaré por el otro lado de la cama. Si después de esta noche, decido separarme de la que me ha acompañado 24 años, no habré cambiado para casi nadie porque no se puede echar de menos a un desconocido. Ellos no pueden. Nosotros tampoco.

Así que, querido yo, si nos dejamos va a ser doloroso porque el vacío es contenido y es más fácil llenarlo de dolor que del resto de sensaciones a las que seremos, aún sin nosotros, adictos durante algún tiempo después. Volviendo a la forma, conozco a mucha gente práctica; por ejemplo el técnico me dijo que sería mejor comprar un móvil nuevo que reparar el actual. El sastre me dijo que sería mejor hacerme con una talla nueva que arreglar la que me había quedado grande. Incluso mis profesores, gente práctica y feliz, me decían que lo importante era aprobar y que daba igual cuánto retuviese o el interés en la materia. Son muchos y más fuertes que yo. Tienen mejor piel, hábitos más saludables y lo mejor es que siempre y todo para ellos es reemplazable de forma más o menos rápida y para mi todo es único porque las sensaciones no se repiten, se versionan una y otra vez, una y otra vez.

Habéis ganado, sois una ola con la fuerza de todo un mar contra mi castillo y mi pala pequeñita. Todas las veces que lo habéis tumbado he vuelto a construir uno nuevo: con su luz, su olor, a veces más sólido y otras menos pero siempre brillaba como la niñez y como los arcoíris de sus ojos. A partir de ahora, ya sólo levantaré tornillos, pintura, barniz… porque esos castillos son más fáciles de reconstruir porque para ellos no hay ola.

Alguna vez me hablaron de castillos en el aire. Pero el resto del tiempo me hablaron del viento.

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