Azul

by Patricia Valley

Caminaba tambaleándome como hielos en un vaso de whisky y me derramaba en lágrimas si me agitaban demasiado. Era de noche y había salido a pasear. Pasó al lado una mujer que suspiraba con indiferencia y me pareció que ese aire absorbido para su aliento era el resumen de su historia. Las mujeres. He conocido a muchas a lo largo de mi vida, muchas me han fascinado con su belleza, sus gestos delicados y el pelo que se movía como si el aire le susurrase los compases a cada mechón. Sin embargo, no he conocido muchas a las que cuando miras, se te abre el pecho como aspirando menta para llenarse de gracia.Ese tipo de mujeres que coronan el alba con sonrisas y van a caballo entre sus cuentos y sus tempestades.

– Disculpa, ¿tienes hora?

Ella se dio la vuelta unos segundos más tarde de haber oído la pregunta, como si no tuviera claro que la cosa iba con ella. En su giro radical, queriendo apostar por un no de antemano, me miró y reconoció en mi – o eso me dijo más tarde-, la cara de alguien familiar.

– No lo sé, espera.

Buscó en el bolso, mientras su equilibrio le jugaba malas pasadas a la quietud de su gesto. Y entonces levantó una ceja, alzó la mirada y me preguntó que si nos conocíamos.

– No estoy seguro

– Son las doce y tres minutos.

Un leve estremecimiento recorría mi curiosidad sobre aquella mujer que se alternaba con un pensamiento apurado de querer dominar sus respuestas y ese aliento suyo entrecortado.

– ¿Vives por aquí cerca?, me preguntó.

– A unos diez minutos caminando.

– Yo tampoco vivo lejos. ¿Quieres que nos sentemos a charlar un rato?

En ese momento su cuerpo había pasado a ser un vaso de cocktail ante mis ojos y el tintineo de los hielos fue cedido a sus pasos. Llevaba de esos zapatos que las mujeres se ponen para las citas y el maquillaje estaba fresco por lo que deduje el significado de su primer suspiro. No hay nada en el mundo como una mujer que ha sido rechazada pero eso haría que yo cobrase mi estrella, su luz y mi estela sobre su vientre. Y con ello mi ética y mi moral se llenaban de arabescos hechos con sus piernas. Y mi mente era un manojo de pensamientos primitivos. Y su cuello un anhelo de las perlas de Laura sobre la alfombra.

– ¿Te pasa algo? – le pregunté

– Estoy triste, sólo eso.

– ¿Ibas a algún lado?

No contestó y miró hacia el portal que estaba en frente, casi en penumbras.

– ¿No lo ves?

– ¿El qué?

– No puedo ser la única que no me vea-, y se echó a llorar.

El cocktail que se convertía en café puro, empezaba a ponerme nervioso. Ella seguía mirando el cristal de la puerta de en frente de la que salía la luz verde de emergencia del edificio.

– Hace un tiempo me maté, me levanté una mañana y no podía escribir. Y ahora convivo muerta conmigo misma. Es por eso que debo de ser un fantasma. No podía pensar, ¿sabes?, no sabía cómo hacerlo porque no tenía la vía, y mi lengua, mi mano, mi refugio estaban enfermos y sólo blasfemaban con la fiebre contagiada por la urbe. El mundo está lleno de fantasmas ¿sabes?

– Yo sí veo tu reflejo en el cristal.

– Tú también estás muerto, lo he reconocido en esos andares tuyos de fotógrafo frustrado y esa manera de mirarme el cuello como queriendo fotografiarlo a mordiscos. He conocido a muchos hombres a lo largo de mi vida. Sin su torpeza mi admiración por todo lo demás no tendría sentido. Estoy agradecida de haber podido relegar todos los sentimientos, de los que ellos me dijeron que se ocuparían, al resto de las cosas del mundo; de forma que por el amor entiendo la luz. Y no creo en ninguna otra inmensidad. No la hay más eterna ni más pura

Por un momento miró hacia la luz de emergencia que salía del portal y continuó hablando.

– Muchas veces he pensado que tenía mala suerte y sin embargo, mi desdicha no era si no las manos que me encauzaban, de haber encajado los sentimientos en su lugar correspondiente no podría haber desarrollado mi cometido. Correspondiente, adecuado, común, tú me entiendes. Ahora que mi labor se ha esfumado, quedarme en este mundo sería de una tristeza irreversible. No podría entenderles, llevo demasiado tiempo amando la luz. Pero he pensado que podríamos ser felices un rato.

Puso su mano sobre mi paquete y sus pupilas se dilataron ante mi jadeo crepitante.Una vez hubimos acabado volvió a mirarse al cristal del portal.

– Ahora puedo verme.

Sacó de su bolso una pistola. Primero disparó contra mi pecho y la segunda bala fue a parar al suyo, sacándonos así de la vida colectiva y nuestra muerte individual.

Acabo de abrir los ojos y creo que con esta se cumple el millar de veces en lo que va de mañana. No me deja de sorprender el color del que cuelgan las estrellas y las tormentas de toda la humanidad.  No sabes lo que te he echado de menos Laura.

Advertisements