Sufragio Universal Artístico – Democratización de lo Sensible

by Patricia Valley

El otro día hablando con una persona que sabe más que yo de todo excepto de mi misma, le contaba que no podía escribir la mayor parte del tiempo, que me crea una ansiedad atroz ponerme a hacer todo lo que me gusta. Y que son muchas cosas las que me gustan.

Y me dijo que las cosas que me gustaban son parte de mi y no hay que tener miedo de uno mismo, ni mucho menos tener miedo de hasta dónde uno puede llegar. Pero estas frases siempre me suenan a todas las páginas de un libro de autoayuda. Y cómo puede un libro ser bueno, si se ha escrito después de haber pasado lo peor.

En el fondo todo el mundo que sabe que puede llegar a hacer algo y no lo hace, es esa parte del mundo que se sumerge en la idea de que el mundo es un lugar al que han venido a parar y del cuál no entienden nada.

Si todas las personas a las que yo he mirado atentamente en la calle, en el metro, en la terraza de algún café, me hubiesen devuelto la mirada tampoco lo habrían entendido. Yo no estoy en ellos como un punto fijo perdido de una distracción cualquiera. Mi gozo son ellos, sus historias y adivinar lo que está por venir. Si acierto, agacho la cabeza y me sonrío, si no, sigo mirando.

Pero yo hablaba de las otras personas, que no son a las que observo, porque si no, no habría reparado en ellas el ocio de mis pupilas. Todo lo que se produce entre iguales es pocas veces fortuito, como que vagasen las cosas y se repelieran entre ellas, como estar flotando e invisible, como que nadie supiera realmente de ti y tú no quisieras saber más del resto. Como no existir y no saber si el hacerlo peligraría tu condición, que la amas y la odias. Y nosotros entre nosotros nos chocamos y es como el aire que choca contra aire y no te das cuenta.

Esas personas que tienen la sensación cuando se levantan por las mañanas de que la cigüeña que aparece en las historias de los niños, cogió la bolsita en la que iban metidos y en vez de posarla en los tejados de las casas lentamente, le dio tres vueltas de campana, y la lanzó a su suerte. Y ya la primera hostia dolía, el nacer duele. Entonces no entiendes, no entiendes muy bien el qué ni el para qué ni el por qué del mundo.

Yo ya no sé qué hacer con todo esto, llevo toda mi vida gestionando mejor el qué hacer con todo lo que me ayude a no recordar que todo eso es lo que me hace ser sólo una cosa. Y así ha sido. Olvídate, sé feliz, vete de vacaciones, haz deporte, sal con tus amigos. Y en todos esos marcos es como que escuchase mucho ruido, y todo el mundo fuese a cámara rápida menos yo. Y al final termino haciendo lo de siempre, les miro, me perdono, les juzgo.

Creo que hay tanta gente que se da por vencida… porque agota ver que no vas a conseguir nunca ser como ellos, de felices digo. Y que tus picos de felicidad conllevan el esfuerzo de superar la autocrítica; de estar por encima de lo que para ti es la perfección. Y que no te digan que es falta de voluntad, que la montaña cuesta subirla sí, pero el acantilado tiene precipicio. Que luego lees cosas de otros, las escuchas, las intentas sentir de algún modo cercanas y te pones enfermo porque piensas, yo querría; yo desearía pensar que esa mierda está bien hecha porque si lo pensara , no abandonaría. Lo compartiría y sería siempre y todo digno de mostrar, sentir su acogida rápida y feroz – porque son tantos – y me retroalimentaría quizás.

Ellos se tienen que esforzar para hacer todo lo que hacen, porque hacen muchas cosas, producen rápido y esté como esté. Suelen ser bastante más constantes en cualquier aspecto. El tema es que el esfuerzo lo enfocan a eso, a la constancia, a la rutina, a hacerlo y punto sin opinar. Pero a quién le impone un juicio donde la sentencia siempre es favor de uno. A quién le asusta el golpe del martillo si es para dictaminar el inicio de una fiesta. A quién le asusta un juicio que es un desfile de confeti que quiere ser poesía. Eso sí, me parece un tremendo esfuerzo cualquier tarea rutinaria, es más me entra una ansiedad de comer salmón, por ejemplo, y ahora mismo que somatizo. Pero el esfuerzo al igual que el juicio no impone tanto si siempre, o casi siempre, encuentran algo en el resultado que les impresiona, y no he dicho gustar, he dicho impresionar, que son cosas bien distintas. Entonces, así, es todo bastante más fácil.

A mi este texto no me impresiona una mierda. No podría ser ni una crítica, ni una valoración sobre mi perspectiva, no podría ser otra cosa que una mierda, no es NADA, pero tengo que hacer algo, tengo que alimentar que escribo y de vez en cuando hacerlo sin pensar demasiado en ello, porque cada vez que intento hacer algo tiene que ser tan perfecto para que me impresione que si no, no lo hago. Porque visualizas las noches que te cuesta en vela, la flagelación, visualizas la ansiedad del enfermizo retoque y aún así, saber que si hubieses parado en el segundo intento de la lucha entre significante y significado no habría diferenciación alguna. Al final, quieres ser aire y aire. Aire que no huela a nade, aire que no busque su perfume, y chocarte y no darte cuenta y vagar hasta el culo de cualquier cosa que te haga no pensar demasiado en por qué otro puto día más has hecho lo mismo que toda esa gente, pensando que no puedes ser ninguna de las dos partes. Y agota. No lo vais a entender. Pero agota.

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