Mettray, flottant dans la gorge et l´estomac

by Patricia Valley

Hacía frío desde donde yo le leía.

Hacía frío desde mí y hacia mí porque nunca había otra dirección.

Desprendía una luz trémula y azul que alteraba el comportamiento de mi peso hasta la algarabía. Y su complejidad era absuelta por el peso de su aura.

Desde mí y hacia mí.

A veces, era una levedad que dolía – su forma de contemplar el mundo -, como si nada en él gravitase; y sin embargo, ese vértigo que no se sostenía ante la lógica; ese cerebro muerto para imaginar atardeceres; y lleno de vida para aceptar las heridas que le ocasionaba su esperanza infinita.

Había reservado sus cuidados para la perfección extrema, y de la perfección sólo encontró el silencio y de lo extremo la soledad.

En las cuencas de sus manos cabían más historias que los surcos que profesaban cada final apretando el puño.

Había tanta verdad ahí dentro que sólo era visible en una totalidad constreñida y alejada para explicar que cada milímetro y cada poro, era una religión en sí misma.

Y ahí donde su piel finita y caduca, tomaba las cualidades de una divinidad, era donde estallaba el conflicto.

Desde él y hacia él.

Una humanidad desmedida, hecha trizas por el paso del tiempo – con el que se reconcilió el día que aceptó su condición de polvo mojado-; y en medio de ese barrizal que era mugriento, disfrutó por primera vez de esa huida inercial con las pisadas sordas de una fuga tan rápida y tan fuerte que le hizo despegar sin quererlo.

Y así, vio por primera vez y desde arriba, todo aquel mar de barro que tanto tiempo le había llevado dejar sin olas.

Ahora que todo estaba calmado, vio aquel horizonte virginal y nuevo y lo confundió con su salida.

Lo persiguió eternamente.

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