El aire brilla

by Patricia Valley

Lo vi y estaba sentado en un banco, era nuevo en todo aquello, supongo que ese momento llega y haces las cosas que viste hacer a otros antes, por no llevar la contraria, por no quitarte más energías.
Pero él no daba de comer a las palomas. No todos los hombres que llegan a una edad se van ahí a sentarse, mirando hacia al suelo, para ver cómo les vuelven a quitar el pan de las manos.

Había un impulso más allá de querer encontrar un cobijo en aquel escenario, más allá de querer acceder a todas esas palabras protectoras, sino de querer explorar la vida tan minuciosamente que podría encontrarle las grietas al alma y su recorrido.
Y cómo un horizonte con mil relieves le aplacaba el vértice de la primera ola y se entregaba a la vida, y se le extinguía la edad, y se le paraba la muerte, y le dibujaba un sendero nuevo y sin grietas para no entorpecer su reencuentro. Que ninguno de los dos llegase sofocado al final.

Había un universo tan denso en sus ojos que se podía leer su presidio y la quietud de su rostro bendecía a la libertad en un acto divino de admirar, quieto, todo el entramado de errores de aquellos que aún les quedaba algo de vida.
Si ese hombre pudiera haberse liberado del estigma de su bondad absoluta, habría encontrado su hueco en la tierra y, si se hubiera deshecho de todo eso, aún así, no habría perdido su lugar en el cielo.
Allí se perdona todo, es aquí abajo donde se fraguan las venganzas y se malvive para proteger un cielo en pos de una morada sin gravedad ni gloria.
“La muerte espanta e impone su ética” no siempre querido Jean, no a todos.

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